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martes 2 de diciembre de 2008

Un "Uniberto" en contracción

Por motivos más que obvios (mucho trabajo en el diario, otras escrituras ajenas al mismo, el blog A través del Uniberto, un libro por concluir, y la vida fuera del universo digital), esta bitácora hace rato que dejó de enriquecerse o empobrecerse -según los gustos del lector- por ningún post. Frente a esto, y en virtud de concentrar energías, aunque no le practicaré la eutanasia "webera", si la abandonaré como una botella en un mar de letras. Será una forma más que elegante para dedicarme de lleno al blog madre de todos los otros. De forma que alli sí nos seguiremos viendo, y cada vez más, dado el tráfico creciente que tiene. Entonces, querido amigos, nos encontramos como siempre en A través del Uniberto

domingo 16 de marzo de 2008

Historia y tragedia de Jemmy Button

Por Humberto Acciarressi

Unos pocos códices mesoamericanos, una tradición oral desvirtuada por el paso del tiempo, algunas leyendas que circulan trasmutándose de acuerdo a las regiones, no es mucho más lo que queda de las etnias americanas anteriores a la llegada de los españoles. Cuando Neruda dice que los españoles se llevaron el oro pero nos dejaron las palabras, es una verdad a medias. Incluso las palabras -por suerte, en muchos casos- también corrieron por cuenta de los cronistas de Indias. Las crónicas aborígenes no llegan a ser un digno canto del cisne.

De las culturas nativas, la más elemental fue la que habitaba al sur del estrecho de Magallanes. Abandonado por los españoles, ese confín austral estaba en la mira de los ingleses, más interesados en negocios futuros que en Dorados imaginarios. En 1830, llegó a esos parajes un barco británico, el Beagle, al mando de Robert Fitz Roy, un aristócrata que descendía de un bastardo de Carlos II. A diferencia de otros de su linaje, el capitán mantenía un trato cordial con la tripulación y sus pares lo consideraban -despectivamente- un humanista.

Aunque el motivo se diluye en el tiempo, los marinos del Beagle capturaron a cuatro indios fueguinos a quienes bautizaron como York Minster, Boaf Memory y Fuegia Basket. El cuarto, Jemmy Button, debió su nombre a que Fitz Roy lo cambió por un botón de su chaqueta. La tragedia de los yaganes la conocemos por fuentes inglesas, de donde se nutrieron narradores posteriores como Richard Lee Marks, Bruce Chatwin y Eduardo Belgrano Rawson.

Durante el viaje, los nativos tenían la mirada perdida, triste, similar a la de aquel gigante patagón capturado por Magallanes unos siglos antes. Fitz Roy se encariñó con los fueguinos, uno de los cuales -Boat Memory- murió de viruela en Montevideo. Cuando llegaron a Inglaterra, aquellos extraños completaron el viaje sin retorno: la enseñanza del inglés y del dogma cristiano. A dos años de vivir en el imperio, los fueguinos vestían como británicos, tomaban el té en tazas de porcelana, dormían en camas que antes los habían asustado y acudían a la iglesia. En el verano de 1831, el rey Guillermo IV y la reina Adelaida los recibieron en palacio. Jemmy, Fueguia y York hablaron en un inglés chapurreado para diversión de los monarcas, a quienes también divertía la utopía civilizadora de Fitz Roy. La reina le regaló a Fueguia un bonete, un anillo y un bolso. El rey se lo llenó con monedas. Luego los despidieron.

El retorno a Tierra del Fuego fue un hecho cuando Fitz Roy ya no pudo hacerse cargo de sus amigos. El capitán humanista, antes de partir, vio como Fueguia, Jemmy y York cargaban juegos de té, finos manteles, ropas de lujo, muebles pequeños y una variedad de objetos absolutamente inútiles. En el viaje conocieron a un joven que nunca les cayó en gracia: Charles Darwin, que a diferencia de Fitz Roy, afirmaba que esos salvajes sólo servían para estudiarlos.

La llegada a Tierra del Fuego fue trágica. El capitán, viendo la tristeza de sus amigos, les preguntó si querían retornar a Inglaterra, pero Button se negó. Desnudo, demacrado y hambriento, volvió a negarse a los meses. York, en el interín, fue asesinado, y Fueguia se escondía entre las piedras australes por temor a que su familia le aplicara la "tabacana", la eutanasia fueguina. En 1857, a más de dos décadas de su vuelta, Button volvió a negarse a viajar a Inglaterra y se empecinaba en enseñarles inglés a sus yaganes. Fitz Roy, enfrentado duramente a Darwin, en la mañana del 30 de abril de 1865 se miró largamente en el espejo y se cortó el cuello con una navaja. No alcanzó a enterarse que su amigo Jemmy había muerto durante una epidemia, apenas un año antes, a caballo entre dos culturas, sin pertenecer a ninguna. Un hombre de ningún lugar.

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(Publicado en "La Razón" de Buenos Aires)

viernes 1 de febrero de 2008

Libros, bibliotecas y Ferias

Por Humberto Acciarressi

Existe, entre todas las metáforas literarias, una que no por reiterada es menos contundente. Es la que sostiene Ray Bradbury en "Farenheit 451", cuando convierte a unos pocos hombres y mujeres, opositores a un régimen cuyo lema capital es la destrucción de las obras literarias, en los transmisores del saber libresco. Esas personas tienen una particularidad: ellas mismas son los libros que han aprendido de memoria para guardar, palabra por palabra, hasta que concluyan los tiempos del oscurantismo y las letras puedan ser volcadas nuevamente al papel.

Un hombre es la "Odisea", una mujer "La educación sentimental", un chico "La náusea", y así siguen los nombres y las características de esa curiosa comunidad. Sin embargo, aunque los "bomberos" de Bradbury - encargados en la obra de quemar los libros - tienen en la vida cotidiana muchos epígonos, los muertos que ellos matan gozan de buena salud.

El azar, por su lado, se encargó en un lejano 23 de abril de 1616 de ofrecer otra curiosa metáfora:ese día fallecieron, casi a la misma hora, Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilazo de la Vega. Para la Unesco, entonces, ninguna fecha mejor para proclamarla "Día Mundial del Libro". Esos datos de la ficción y la realidad remiten, inevitablemente, a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Jorge Luis Borges, quien decía orgulloso que la biblioteca de su padre había sido el acontecimiento capital de su existencia y que imaginaba el universo como una biblioteca infinita, sostenía con metafórica exageración: "En el curso de mi larga vida creo no haber leído más de cien volúmenes, pero he hojeado algunos más". Valga la boutade del autor de "El aleph", quien, en sus tiempos de profesor, recomendaba a sus alumnos que no leyeran un libro si no sentían una necesidad urgente. "Si eso no ocurre - decía, palabras más, palabras menos - es que ese autor todavía no es digno de ese lector".

La lectura conlleva la aceptación de una serie de códigos, sin cuya existencia el acto de leer se convertiría en algo mecánico. Coleridge, en lo atinente a la ficción y la poesía, pedía la suspensión de la incredulidad al leer un libro. O sea, dejar de lado hipotéticos recelos ante el hecho estético. Vale decir: sentir el sabor de las "madeleines" de Proust. La tendencia apocalíptica de ver el libro como un objeto en extinción ya hace un tiempo que ha dejado de tener peso. No huelga recordar las palabras de Adolfo Bioy Casares, un asiduo de la muestra, cuando decía: "La literatura es uno de los modos más eficaces que encuentro para sortear la muerte".

La Feria del Libro es, en cierto sentido, un laberinto de vértigos, un conglomerado de miles de palabras en busca de ojos atentos e inteligencias perspicaces. Cada una de esas piezas está a la espera de su lector: aquel que sepa descifrar esa misteriosa construcción artificial de un espacio imaginario o real. Mallarmé sostenía que el mundo vive para un libro. En estos tiempos que corren, que una persona pueda descifrar los códigos de por lo menos uno, es un avance en favor de la civilización.

(Publicado en el Diario Oficial de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires)

martes 15 de enero de 2008

Pizarnik, escribir y vivir en peligro

Por Humberto Acciarressi

Entre su nacimiento en Buenos Aires y su suicidio en la misma ciudad en septiembre de 1972, fue la artífice de una de las poesías más conmovedoras de nuestra literatura y de una vida cargada de sinsabores, tristezas y angustias que la condujeron lentamente a su fin. La muerte por mano propia de Alejandra Pizarnik, sus largos períodos de extravagancias y depresiones,ciertos ritos que ella urdía y consumaba con entusiasmo,generaron en la posteridad una leyenda que por momentos fue más grande que su obra. Basta un ejemplo: sus libros son casi imposibles de conseguir y los estudios sobre sus poemas, si bien hay unos cuántos, no alcanzan ni a un mínimo porcentaje de lo que se ha escrito sobre escritores menores que ella. Y como si fuera poco, en esta exposición del libro que que concluye en Buenos Aires, sus escritos no estuvieron en ningún stand, y apenas en el local de Corregidor podía encontrarse “La disolución en la obra de Alejandra Pizarnik ” de Ana María Rodriguez Francia. Caso curioso e injusto, tratándose de una de las más grandes poetas que ha dado este continente.

Alejandra Pizarnik nació el 29 de abril de 1936. Los datos enciclopédicos precisan que estudió Filosofía y Letras en la UBA, pintura con Juan Batlle Planas, y que entre 1960 y 1964 vivió en la casi obligada Paris, con su tiempo matizado con cursadas en la Sorbona. Sus colaboraciones con algunas editoriales francesas, sus traducciones de autores como Michaux y Artaud, y la escritura entonces subrepticia de sus poemas, también deberían formar parte de un detalle sobre lo que fue su vida,una de las más enigmáticas de las letras locales. En 1964, la propia Alejandra definió su obra como "una escritura densa y llena de peligros a causa de su diafanidad excesiva".

Pero,¿quién es en realidad quien escribe esas líneas? Una mujer desesperada que busca refugio en la palabra,la forjadora de su propio mito, la joven que cautivaba con su conversación, la afiebrada que escribe sin parar casi veinte horas diarias, o la suma de cada una de estas piezas de un rompecabezas que nunca terminó de armarse, César Aira la distingue como el último lujo de la literatura argentina. Sin embargo, y tal vez no haya contrasentido, la define como una niña eterna, torturada por el insomnio y el miedo a la locura. Alejandra Pizarnik escribió en todas partes, pero publicó seis libros en nuestro país: "La última inocencia" de 1956, "Las aventuras perdidas" de 1958, "Arbol de Diana" de 1962, "Los trabajos y las noches" de 1965, "Extracción de la piedra de la locura" de 1968 y "El infierno musical" de 1971.

Póstumanente salieron "Textos de sombra y últimos poemas", con artículos de revistas y poemas inéditos. Deben agregarse,naturalmente,"La condesa sangrienta", un texto poético narrativo sobre Erzsébet Báthory, mujer demente y personaje criminal, sobre quien Valentine Penrose había publicado poco antes un libro con el mismo título. El 25 de septiembre de 1972, Alejandra Pizarnik aceleró el trámite de su muerte con una sobredosis intencional de seconal. Un tiempo antes había escrito "Mi persona está herida. Mi primera persona del singular". La herida, cuando fue en busca de la disolución final, ya era irreversible. Los años alimentaron su leyenda, pero por suerte no alcanzaron a diluir su obra. Aunque conseguir sus libros siga siendo tan injustamente difícil...

(Publicado en el Diario Oficial de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires)

sábado 22 de diciembre de 2007

A 50 años, tócala de nuevo Humphrey

Por Humberto Acciarressi

Antes que nada hay que enfatizar algo: Humphrey Bogart era por sobre todas las cosas un excelente actor. Pero con eso no alcanza para aclarar la perdurabilidad de su nombre, de su personalidad (o en todo caso la de sus personajes) y el porqué su estampa de héroe solitario sigue pegando fuerte a cincuenta años de su muerte, acontecida el 14 de enero de 1957 como consecuencia de un cáncer de esófago que le estragó el cuerpo pero no el alma. Desde que protagonizó a un ganster acorralado en "El bosque petrificado" hasta sus últimas apariciones en "Horas desesperadas" y "La caída de un ídolo", Boggie creó -matices más, matices menos- uno de los personajes más atrayentes de la historia del cine. Y encontró su pico más alto en los filmes de John Huston: "El halcón maltés", "El tesoro de la Sierra Madre", "La reina africana" (con la que obtuvo un Oscar) y naturalmente en "Casablanca", de Michel Curtiz.

Bogart había nacido el 23 de enero de 1899 y, a diferencia de otros grandes, se crió en un hogar bien constituido, hijo de un cirujano y una ilustradora de revistas. Como estudiante cosechó los suficientes aplazos para que el día que se hartó e insultó a un profesor, todos -incluyendolo a él- respiraran aliviados con su expulsión. Su paso por la marina, sus estudios de teatro, una herida de guerra en el labio que derivó en su particular forma de hablar, algunos matrimonios frustrados antes del definitivo, son algunos de los datos que pueden apuntarse sobre su vida. Otros, como su activa militancia en contra del macartismo en plena guerra fría, en compañía de su esposa la brillante Lauren Bacall (que dicho sea de paso lo sobrevive hasta hoy), son los que no deben olvidarse.

Pero en todo esto no difiere demasiado de muchos otros. Hay que referirse, entonces, a esas particularidades que han hecho de Bogart un referente insustituible en la cultura del siglo XX. Para hablar de Boggie, entonces, no queda más remedio que referirse a sus personajes. ¿Cómo era el duro interpretado por este actor sin par? No era de esos tipos bellos en el sentido clásico; no tenía esa musculatura o el bronceado que algunas mujeres ponen por sobre los demás atributos masculinos; casi siempre era un perdedor nato, de esos que reciben palizas y cada tanto se juegan una patriada que los convierte en héroes por un día. Y a pesar de todo atraía a las damas, que muy pocas veces confiaban en él (el sentimiento, hay que decirlo, era recíproco).

Esos amores imposibles con Ingrid Bergman en "Casablanca" o con Mary Astor en "El halcón Maltés", por dar dos ejemplos, han quedado estampados en el imaginario colectivo como las grandes pasiones del cine. O la locura patética del oficial de "El motín del Caine", uno de sus mayores papeles en la pantalla. En general, los personajes de Bogart son siempre inestables en la socialización con el resto de los mortales: son detectives, soldados, delincuentes...Habitantes perpetuos del lado oscuro de la vida; sin familia y con un círculo de amigos que jamás excede el número de dos; héroes o villanos, pero simpáticos en su antipatía; solitarios en lucha contra el destino; desdeñosos e indiferentes. En fin, los famosos "duros" que además tienen esa cuota de romanticismo tardío (que no poseen los que se hacen los duros y son tarados ingenuos), surgidos de las páginas de Raymond Chandler y Dashiell Hammett.

Se cuenta que en una oportunidad, un periodista le preguntó por qué no era más amigable con sus admiradores. Bogart respondió: "La única cosa que uno le debe al público es una buena actuación". Genio y figura hasta la sepultura, aunque, hay que decirlo, en su vida cotidiana era definido por las mujeres como "un dulce". Así y todo, su sonrisa torcida, la forma irónica de mirar a las damas, las maneras de tomar un whisky o encender un cigarrillo, su sempiterno impermeable, su sombrero de ala caída y esa conversación cansina, son atributos que todos los hombres han envidiado más de una vez. Por eso, el papel de Woody Allen en "Sueños de seductor", de Herbert Ross, causa una ternura que no es otra que la que, a veces, se siente por uno mismo.

Entre los que creen que la aventura está siempre ligada a una mujer, ¿quién no ha soñado alguna vez con ser Rick y darse el gusto de decirle a Ingrid Bergman, al pie del avión, que se vaya nomás con el otro, que después de todo nadie borra lo vivido? El que diga lo contrario miente o no se conoce, que es otra de las formas de la mentira. Y cuidado: el rostro imperturbable de Boggie está al acecho.

martes 18 de diciembre de 2007

Afiches entre los escombros de la guerra

Por Humberto Acciarressi

La guerra civil española fue, casi como ningún otro conflicto bélico, la suma de las pasiones. Los datos, escalofriantes, dicen que entre 1936 y 1939 se llevó un millón de vidas, inauguró la larga dictadura franquista y fue el prolegómeno de su hermana mayor, la desatada por Hitler y compañía. Las artes, naturalmente, no podían ser ajenas a ese imperio de las pasiones. Queda, como exponente supremo, el "Guernica" de Picasso. La obra inspirada en el bombardeo de la ciudad vasca por los aviones alemanes aliados a Franco, corrió mejor suerte que el hoy desaparecido mural "El campesino catalán en revolución", de Joan Miró. Ambos artistas, sin embargo, fueron la punta del iceberg de las artes plásticas puestas al servicio de la causa republicana. Asimismo, resulta imposible escamotearle a la guerra civil española la impronta de los intelectuales.

Aquella guerra fue mucho más que un mero dato geopolítico. Fue un concierto de imágenes en el que pueden figurar el fusilamiento de García Lorca en "su Granada", al decir de Antonio Machado, muerto a su vez durante el largo éxodo que siguió a la caída de Madrid en manos franquistas. O Miguel Hernández recitando sus poesías en el frente y agonizando más tarde en las cárceles de Franco. O bien el gigantesco Unamuno, muerto de tristeza luego de retrucar el "Viva la muerte" del general fascista Millán de Astray con su "Venceréis, pero no convenceréis". O Ernest Hemingway, George Orwell y John Dos Passos -por nombrar apenas tres intelectuales ilustres- escribiendo en las trincheras.

Paralelamente al arte mayor, el alto mando republicano apeló a la comunicación cotidiana, al slogan efímero, al panfleto multitudinario, al cartel callejero. Cuando la República lanzó su S.O.S al mundo, 35.000 brigadistas internacionales ingresaron al país y unos 50.000 españoles se dieron cita en las puertas de Madrid para defender la capital. En el caso de la cartelística fue igual: los encargados de la propaganda republicana hicieron la convocatoria y unos cien ilustradores - la mayoría con un promedio de veinte años de edad - acudieron al llamado. Eran artistas que sintetizaban, en un atrevido experimentalismo gráfico, algunas de las tendencias más revolucionarias de la ilustración.

El historiador del diseño Enric Satué ha escrito que "la única vanguardia artística en el mundo que enseguida fue del dominio público fue la española". Especialmente, puede añadirse, en el bando republicano. El propio Orwell, muchos años antes de su "1984" y de "Rebelión en la granja", escribió en "Homenaje a Cataluña" que "por todas partes se veían carteles revolucionarios, flameando desde las paredes sus limpísimos rojos y azules". Esos afiches hablaban desde los muros de las ciudades bombardeadas. Cuando llegó el final, lo que había sobrevivido a la metralla y a la sangre en las paredes utilizadas como patíbulos, se perdió bajo el hollín y el agua.

Unos dos mil carteles, sin embargo, escaparon a la destrucción bélica y al paso del tiempo. Son los que se encuentran en poder de la Fundación Pablo Iglesias, que los porteños pudimos ver hace un par de años en el Museo Nacional de Bellas Artes. Afiches originariamente ceñidos a una duración efímera, que al calor de las batallas podía ser de apenas un día o incluso horas. Sin embargo, ese arte de vanguardia aplicado a la cartelística ha pasado la prueba del tiempo. Mientras, otras guerras sucedieron a aquella. Igual de terribles, pero sin artistas para contarlas.

(Publicado en La Razón de Buenos Aires)

miércoles 28 de noviembre de 2007

¿Estuvo Jack The Ripper en Buenos Aires?

Por Humberto Acciarressi

En muchas ocasiones, la estadística se viste de luto. Allá por 1970, Ted Bundy, en un macabro periplo por diez estados norteamericanos, asesinó -según confesó mientras esperaba la ejecución en la galería de la muerte- a unas 400 mujeres. Unas tres décadas antes, Albert Fish llegó a los dos centenares de crímenes de chicos en Nueva York, al mismo tiempo que en Illinois, H.H.Mudgett perdía en la estadística con "sólo" cien asesinatos. Estos tres casos son apenas una ínfima muestra de la populosa criminalística de los Estados Unidos, con varios centenares de asesinos seriales, casi ninguno de los cuales baja de diez muertes. Inglaterra, Francia, Rusia, Alemania, España e Italia, también tienen lo suyo en lo referido a una cruenta historia que incluye asesinos ilustres como Landrú, o cronistas de lujo como Thomas de Quincey ( "Del asesinato considerado como una de las bellas artes"). En ese marco de exhuberancia homicida, ríos de sangre, y casos resueltos o sin resolver, cinco prostitutas asesinadas con precisión quirúrgica en un otoño victoriano en el East End de Londres no parecen, a simple vista, reunir las condiciones que requiere la posteridad. Pero la historia es caprichosa.

Hombre o mujer (hay quienes postulan los quehaceres de una destripadora) al asesino le bastaron las semanas que fueron desde el 31 de agosto hasta el 9 de noviembre de 1888 y un espacio no superior a los 400 metros cuadrados, para entrar en las crónicas criminales, en las páginas de la literatura y hasta en el no siempre accesible mundo del cine. Escondido en el anonimato de la noche, oculto tras la niebla londinense, Jack el Destripador dejó un reguero de sangre menos caudaloso pero más perdurable que otros. Obviando los detalles macabros, no es ocioso remarcar ciertos hechos relacionados con el caso más famoso de la criminalística.

La educación sentimental

Las andanzas del desconocido que se bautizó a sí mismo en una nota enviada a Scotland Yard, fueron seguidas con entusiasmo y horror por toda la sociedad británica. Atrajo la atención de George Bernard Shaw, que además de escribir sus libros se entretenía enviando cartas a los diarios. El Irlandés ironizaba sobre la atención misericordiosa que despertaron las prostitutas gracias a los crímenes. "Mientras nosotros los socialdemócratas - escribió en una misiva al Star el 24 de septiembre de 1888- estamos desperdiciando nuestro tiempo en la educación, en la agitación y la organización, un genio independiente ha tomado las riendas en sus manos y, por el simple procedimiento de asesinar y destripar a cuatro mujeres, ha convertido a la Prensa en una especie inepta de comunismo". Vale justipreciar la ironía de Shaw con la opinión de Gordon Rattray Taylor expresada en "El sexo en la historia": "Las rameras eran para los victorianos lo que las brujas para los medievales".

Otro interesado en los crímenes fue Arthur Conan Doyle, que un año antes, con "Un estudio en escarlata", había hecho debutar al famoso detective morfinómano y misógino Sherlock Holmes. El escritor escocés, cuyo comercio con las almas lo llevó a escribir un tratado casi olvidado sobre el espiritismo, parece haber dejado un cuento titulado "Jack, el asesino de rameras", que no figura en las antologías aunque es citado por sus biógrafos. Allí dice que el criminal es un inspector de Scotland Yard que cae en la trampa de un Sherlock Holmes disfrazado de mujer. Años más tarde, el hijo de Conan Doyle, Adrian, revelaba que su padre creía que el verdadero Jack era una persona con conocimientos anatómicos (el propio escritor era médico) y que se vestía de mujer para pasar inadvertido. Es fascinante el juego de las coincidencias: días atrás, el autor de estas líneas escribió un artículo para un diario nacional titulado "¿Por qué Conan Doyle odiaba a Sherlock Holmes?". Entre la publicación de aquel y la escritura de éste, los cables anunciaron la culminación de un estudio inglés, que probaría que Conan Doyle asesinó a un amigo suyo, de cuya esposa fue amante, para ocultar que habían escrito juntos "El perro de los Baskerville". Pero volvamos a Jack, o, para decirlo con espíritu "ripperólogo", vayamos por partes.

Postulantes para todos los gustos

Los candidatos a la identidad del Destripador son multitud. Desde miembros de la familia real hasta matarifes londinenses, pasando por espías rusos, abogados desquiciados, misóginos extremistas, mujeres resentidas (Jill la Destripadora es la más famosa) y asesinos de paso, que entre un país y otro se tomaron unos copetines sangrientos en el Whitechapel londinense. Entre los postulantes a tan dudoso honor, algunos estuvieron ligados a la Argentina. Valga una aclaración: en lo que respecta a Jack, nada es definitivo, todo es precario, como si se tratara de un rompecabezas que nunca termina de armarse porque siempre sobra o falta una pieza. También es cierto que los candidatos vinculados a nuestro país figuran entre los antecedentes más remotos del caso, como el del húngaro Alois Szmeredy, que según Carl Muusmann, en un estudio publicado en 1908, sostenía que había perfeccionado su arte macabro en la Argentina. O un tal Alonzo Maduro, argentino e "infundadamente sospechoso" según los especialistas Paul Begg, Martin Fido y Keith Skinner.

Pero uno de los candidatos más atractivos fue postulado por Leonard Matters en 1929, en su libro "El misterio de Jack el Destripador", el primero dedicado íntegramente al criminal y un clásico durante años. Allí se lee que un brillante médico londinense llamado Stanley (ninguna fuente cita su nombre de pila) habría cometido los asesinatos de Whitechapel para vengar la muerte por sífilis de su hijo Herbert, contagiado por Mary Kelly, la última de las víctimas de Jack y la más salvajemente mutilada. Para encontrar y asesinar a la prostituta, el doctor Stanley inició una investigación que incluyó la muerte de cuatro amigas de Mary. Luego de la última matanza - la obra de un verdadero desquiciado según las fotografías y los relatos que han quedado - el doctor habría viajado a Buenos Aires. El propio Matters, instalado en la capital argentina como redactor jefe de un periódico inglés, "pretendió haber descubierto la confesión del doctor Stanley, publicada en uno de los periódicos locales en castellano", de acuerdo a los estudiosos Colin Wilson y Robin Odell, autores de esa especie de suma que es "Jack el Destripador, recapitulación y veredicto". Según Matters, un cirujano residente en Buenos Aires que había sido discípulo del doctor Stanley, fue llamado al lecho de muerte de su profesor en un hospital. El mensaje decía:

"Apreciado señor: A solicitud de un paciente que, según dice, lo recordará usted como el doctor Stanley, le escribo para informarle que se encuentra en este hospital en un estado grave. Padece de cáncer y, si bien le hemos operado con éxito, han surgido complicaciones que hacen que el fin sea inevitable. El doctor Stanley quisiera verlo. Hemos dado instrucciones en la recepción para suspender todas las reglas en su caso y permitir entrar de inmediato a la sala V, donde el paciente se halla en la cama 28. Atentamente suyo. José Riche, cirujano en jefe".

Durante la visita del cirujano al agonizante, éste le habría confesado que él era Jack el Destripador y además contado con lujo de detalles la historia del hijo y sus trágicas secuelas. Hay que aclarar que durante decenas de años, los especialistas trataron con bastante dureza la teoría de Matters, hasta que en 1972, el ya citado Colin Wilson se encontraba haciendo un programa televisivo sobre el Destripador. Por esos días, el investigador recibió una carta de A.L.Lee, de Torquay, cuyo padre había trabajado en la morgue londinense en la época de los crímenes. La misiva decía:

"En 1888, papá trabajaba para el ayuntamiento de Londres, en el depósito de cadáveres de la City. Entre sus atribuciones se encontraba el recoger los cuerpos de todas las personas que morían en la City y llevarlos al depósito de cadáveres; cuando se necesitaba una investigación, él preparaba los cuerpos para la autopsia del señor Spilbury (...) Su superior inmediato era el doctor Cedric Saunders, el coroner de la City. El doctor Saunders tenía un amigo muy especial, un tal doctor Stanley, que visitaba el depósito de cadáveres una vez por semana. Cada vez que veía a papá la daba un cigarro puro. Un día llegó el doctor Stanley y, pasando frente a papá, le dijo al doctor Saunders: ´Las putas se han apoderado de mi hijo. Me desquitaré´. Muy poco después empezaron los asesinatos. El doctor Stanley seguía visitando el depósito de cadáveres durante ese tiempo, pero, tan pronto como cesaron los asesinatos, nunca más lo vieron. Papá le preguntó al doctor Saunders si el doctor Stanley regresaría. La respuesta fue que no. Cuando papá lo presionó, el doctor Saunderse le dijo: ´Sí, creo que él era Jack el Destripador´. Como colofón, a principios del decenio de los veinte, un domingo, leí en el People un párrafo que decía: ´Un tal doctor Stanley, de quien se cree que fue Jack el Destripador, ha muerto en Sudamérica´" .

Vale añadir que ni Matters, ni Lee, ni Colin Wilson precisan en qué hospital murió el misterioso doctor Stanley, dónde fue enterrado, ni siquiera la fecha exacta, aunque sabemos que todo ocurrió antes de 1929. En cualquier caso, son piezas de ese rompecabezas de noche, niebla y sangre que aún está lejos de completarse, y del que Buenos Aires tal vez no sea del todo ajeno.

(Publicado en el "Cuaderno de Némesis" titulado "Noche, sangre y niebla")

viernes 16 de noviembre de 2007

Tres yaganes en el Imperio

Por Humberto Acciarressi

Unos pocos códices mesoamericanos, una tradición oral desvirtuada por el paso del tiempo, algunas leyendas que circulan trasmutándose de acuerdo a las regiones, no es mucho más lo que queda de las etnias americanas anteriores a la llegada de los españoles. Cuando Neruda dice que los españoles se llevaron el oro pero nos dejaron las palabras, es una verdad a medias. Incluso las palabras -por suerte, en muchos casos- también corrieron por cuenta de los cronistas de Indias. Las crónicas aborígenes no llegan a ser un digno canto del cisne.

De las culturas nativas, la más elemental fue la que habitaba al sur del estrecho de Magallanes. Abandonado por los españoles, ese confín austral estaba en la mira de los ingleses, más interesados en negocios futuros que en Dorados imaginarios. En 1830, llegó a esos parajes un barco británico, el Beagle, al mando de Robert Fitz Roy, un aristócrata que descendía de un bastardo de Carlos II. A diferencia de otros de su linaje, el capitán mantenía un trato cordial con la tripulación y sus pares lo consideraban -despectivamente- un humanista.

Aunque el motivo se diluye en el tiempo, los marinos del Beagle capturaron a cuatro indios fueguinos a quienes bautizaron como York Minster, Boaf Memory y Fuegia Basket. El cuarto, Jemmy Button, debió su nombre a que Fitz Roy lo cambió por un botón de su chaqueta. La tragedia de los yaganes la conocemos por fuentes inglesas, de donde se nutrieron narradores posteriores como Richard Lee Marks, Bruce Chatwin y Eduardo Belgrano Rawson.

Durante el viaje, los nativos tenían la mirada perdida, triste, similar a la de aquel gigante patagón capturado por Magallanes unos siglos antes. Fitz Roy se encariñó con los fueguinos, uno de los cuales -Boat Memory- murió de viruela en Montevideo. Cuando llegaron a Inglaterra, aquellos extraños completaron el viaje sin retorno: la enseñanza del inglés y del dogma cristiano. A dos años de vivir en el imperio, los fueguinos vestían como británicos, tomaban el té en tazas de porcelana, dormían en camas que antes los habían asustado y acudían a la iglesia. En el verano de 1831, el rey Guillermo IV y la reina Adelaida los recibieron en palacio. Jemmy, Fueguia y York hablaron en un inglés chapurreado para diversión de los monarcas, a quienes también divertía la utopía civilizadora de Fitz Roy. La reina le regaló a Fueguia un bonete, un anillo y un bolso. El rey se lo llenó con monedas. Luego los despidieron.

El retorno a Tierra del Fuego fue un hecho cuando Fitz Roy ya no pudo hacerse cargo de sus amigos. El capitán humanista, antes de partir, vio como Fueguia, Jemmy y York cargaban juegos de té, finos manteles, ropas de lujo, muebles pequeños y una variedad de objetos absolutamente inútiles. En el viaje conocieron a un joven que nunca les cayó en gracia: Charles Darwin, que a diferencia de Fitz Roy, afirmaba que esos salvajes sólo servían para estudiarlos.

La llegada a Tierra del Fuego fue trágica. El capitán, viendo la tristeza de sus amigos, les preguntó si querían retornar a Inglaterra, pero Button se negó. Desnudo, demacrado y hambriento, volvió a negarse a los meses. York, en el interín, fue asesinado, y Fueguia se escondía entre las piedras australes por temor a que su familia le aplicara la "tabacana", la eutanasia fueguina. En 1857, a más de dos décadas de su vuelta, Button volvió a negarse a viajar a Inglaterra y se empecinaba en enseñarles inglés a sus yaganes. Fitz Roy, enfrentado duramente a Darwin, en la mañana del 30 de abril de 1865 se miró largamente en el espejo y se cortó el cuello con una navaja. No alcanzó a enterarse que su amigo Jemmy había muerto durante una epidemia, apenas un año antes, a caballo entre dos culturas, sin pertenecer a ninguna. Un hombre de ningún lugar.

(Publicado en "La Razón" de Buenos Aires)

martes 13 de noviembre de 2007

Todas las máscaras, la máscara

Por Humberto Acciarressi

Máscaras y máscaras. La máscara es inherente al cosmos. Larry y Andy Wachowski, en la película “The Matrix” -en sus tres partes, pero fundamentalmente en la primera- postulan la existencia de un mundo en donde todo es apariencia. Las calles, los árboles, las construcciones, y especialmente las personas, son realidades virtuales ocultas bajo las máscaras de objetos y seres humanos tal cual los vemos cotidianamente. Aunque injustamente con menos fama, “Dark city”, de Alex Proyas, relata en la pantalla las tribulaciones de un mundo plano y eterna noche, en el que sus habitantes ignoran esas peculiaridades. Cada tantas horas (algo así como la delimitación del día en un sitio donde ese concepto no existe), los pobladores se duermen todos a la vez, allí donde se encuentren, sea una cama, una mesa o un automóvil.

En ambos casos, la humanidad en su conjunto ignora esa máscara monumental urdida por entidades superiores. Diferente es el caso de “The Truman show”, de Peter Weir, donde los habitantes viven simulando ser los pacíficos pobladores de una ciudad, que en realidad es un gigantesco set de filmación. Todos ellos menos uno, que es el conejillo de Indias de una investigación desde el día de su nacimiento hasta que, a los treinta años, comienza a advertir que algo falla en esa vida monocorde y surcada de fantasías y recuerdos inseminados artificialmente.

Más allá de las cualidades estéticas de estas películas - lejos, por cierto, de la reflexión profunda de “Persona”, de Ingmar Bergman-, no puede ignorarse que han llevado a la pantalla la metáfora de la máscara en su nueva versión globalizada: la del mundo de las autopistas informáticas, los correos electrónicos llegados desde las antípodas, las citas amorosas por la web y hasta la moderna y desopilante versión del psicoanálisis chateado. Frente a estas mascaradas colosales e inabarcables, el antifaz tradicional de los héroes de historietas -Batman, Robin, Flash Gordon, Spiderman, el Llanero Solitario, el Zorro, Misterix y la lista sigue- tiene cierto aire de ingenuidad. Convendría reflexionar sobre esta supuesta antinomia.

Hay otros mundos

Entre un cosmos apabullante en el que nadie advierte la máscara de una realidad desconocida, y los mundos ordenados en donde el enmascarado es un sujeto prisionero en los sótanos reales de Francia (“El hombre de la máscara de hierro”, de Dumas), un científico desquiciado y atormentado (“El extraño caso del doctor Jekyll y Mister Hyde”, de Stevenson), o un periodista al que le basta ponerse una capa y sacarse los anteojos para dejar de ser Clark Kent y ser Superman, parece existir una gran distancia. Y sin embargo…

Analizando “Sylvie”, de Nerval, Marcel Proust observa que cierta atmósfera “azulada y purpúrea” no se encuentra en las palabras, sino entre una palabra y otra. O apelando al refranero popular, algunos de los muertos que matáis gozan de buena salud. Los enmascarados abundan en la vida y en el arte, siempre y cuando aceptemos la mascarada de admitir que una y otro puedan separarse.

Frente a esto, la aprehensión de la realidad es frágil. O acaso no exista una realidad sino un conjunto de realidades yuxtapuestas, y el hombre, con sus máscaras, no haga más que recrear un continuo universal. “Hay otros mundos, pero están en éste”, dice Paul Eluard. Depende, entonces, de establecer un justo equilibrio entre la verdad que aparece entre los pliegues de la máscara y esa nueva realidad que es la máscara misma. “Y es que aquel disfraz no lo disfrazaba: lo revelaba”, dice Chesterton en “El hombre que fue jueves”.

Otra reflexión: ante las patéticas máscaras de Jason en la seguidilla fílmica de “Martes 13” o del psicópata de “Hallowen”, es más atemorizante la cara angelical de algunos de los asesinos seriales que la realidad nos regala con entusiasmo. Y esto último lleva a otro punto: el enmascarado, aunque no tenga antifaz, está siempre presente. No necesariamente llega devastadoramente como la peste en “La máscara de la muerte roja”, de Poe, o como el cyborg de “Terminator”, que oculta su esqueleto de titanio detrás de una máscara humana que se va degradando a lo largo de la película que inició la serie. A veces el enmascarado llega en zapatillas de baile, sin que nadie lo note. Tolstoi, para no asesinar a su esposa, se enmascara tras un personaje en “La Sonat a Kreutzer” y le encomienda la ejecución del crimen para seguir viviendo tranquilo. Mishima, en su juvenil “Confesiones de una máscara”, adelanta en varios lustros algunas claves de su suicidio brutal. Y que a nadie le queden dudas sobre la intención de estas líneas de ligar la ficción con la realidad, sea ésta cual sea.

El doble como máscara

En la actualidad, las máscaras han pasado de las antiguas cosméticas al terreno de la ingeniería genética. La idea de una máscara idéntica al enmascarado no deja de ser escalofriante. Sin embargo, no conviene olvidar que un siglo y medio antes de la oveja Dolly, ya Poe había creado a William Wilson, que harto de su doble en cuerpo y alma lo enfrenta en duelo y lo hiere mortalmente. Recordemos la escena. Con la última exhalación, el Wilson “clonado”, la máscara, le revela al “original” que muerto uno, muertos los dos. “Existes en mí, mira en esta imagen que es tuya cómo te asesinaste a ti mismo”, le dice, palabras más, palabras menos. Y así, efectivamente, ocurren las cosas.

La realidad se presenta ante nuestros ojos tras el velo de la máscara y nos muestran una realidad nueva, en la que a veces se advierten –imperceptibles, en degradé- fragmentos de otra realidad, y de otra, y de otra. Nosotros somos observadores, pero además somos escrutados, viviseccionados por miradas ajenas que tratan de descorrer el velo de nuestras propias máscaras, acaso más sutiles que la del hombre misterioso de Dumas, menos bizarras que la de Batman y seguro sin el colorido de las medievales caretas del carnaval de Venecia. Aunque no garantice nada, no resultaría ocioso asociar el acto de mirar a la voluntad de ver. Alguien, tal vez, algún día logre encontrar el sentido en esa miríada de fragmentos visuales que perciben los ojos y el intelecto. Parece poco probable y, para decirlo con espíritu poético, escasamente deseable. En todo caso, le quitaría encanto a la vida y sus costumbres. Tenía razón Eluard: hay otros mundos que conviven en éste. Además, detrás de las máscaras que ocultan y revelan, hay hilachas de historias de las que el arte se apropia. Aunque sea bajo el velo de una nueva máscara. Y así hasta que se apaguen las estrellas.

(Publicado en el "Cuaderno de Némesis" titulado "Velo, máscara, disfraz")

domingo 11 de noviembre de 2007

Charles Fort, archivero de lo imposible

Por Humberto Acciarressi

Gordo, semicalvo y con unos bigotes que lo hacían parecer una foca, Charles Fort - a quien H.P.Lovecraft consideró su maestro - fue un buceador de profundidades peligrosas, ex-periodista y embalsamador de mariposas, dado a la tarea de registrar en un libro centenares de hechos malditos. Recorrió ávidamente decenas de bibliotecas, consultó diarios, revistas y anales de todas las épocas , y recopiló miles de acontecimientos insólitos. Cuando publicó "El libro de los condenados", en 1919, los círculos intelectuales de Nueva York se conmocionaron. Ignorado rápidamente por los académicos de la ciencia, la literatura se hizo cargo de este incómodo hombrecito del Bronx.

Charles Fort fue un apasionado de lo inverosimil, un convencido de que la realidad siempre supera lo ya visto. Por eso la duda está en la base de toda su filosofía. Y no es para menos si se considera que en su trabajo paciente y obstinado encontró pruebas de la existencia de lluvias de animales vivos, de azufre o de carne; de cataclismos inexplicables o de inscripciones sobre meteoritos; de nieves de color negro o de soles y lunas azules o verdes. "Antes de las primeras manifestaciones del dadaísmo y del surrealismo - apuntan Louis Pauwells y Jacques Bergier - Fort introducía en la ciencia lo que Tzara, Breton y sus discípulos iban a introducir en las artes y en la literatura: la apasionada negativa a jugar un juego donde todos hacen trampas, la furiosa afirmación de que hay otra cosa".

Y Fort sabía que los científicos hacían trampas. Había constatado que escondían datos, que se volvían frenéticos cada vez que un episodio inverosímil aterrizaba en sus mesas de trabajo. Demasiado honesto para entrar en el juego, se abocó a retarlos a duelos imaginarios, les arrojó en la cara todos los hechos que aquellos - simulando distracción - empujaban a sus basureros. Por eso señaló al final del capítulo primero: "... no parece aproximarse (la ciencia) a la consistencia, a la solvencia, al sistema, a la posibilidad y a la realidad, más que condenando lo irreconciliable o lo inadmisible. Todo iría bien. Todo sería admisible. Si los condenados quisieran seguir siendo condenados". En este sentido, puede decirse que Fort es un Robin Hood de los excluidos y "El libro de los condenados" la venganza de un hombre honesto.

Jorge Luis Borges nos ha contado las tribulaciones de Carlos Argentino Daneri en su cuento "El aleph", punto en el que se encuentran todas las cosas del mundo. El propio autor de "Ficciones", en el prólogo a "La muerte y su traje" de Santiago Dabove, reconoció que "ni siquiera sabemos con certidumbre si el universo es un especimen de literatura fantástica o de realismo". Años antes, William Blake había mentado ese grano de arena en el que confluye todo el universo, y Andre Breton, en el Segundo Manifiesto Surrealista, pudo escribir que "todo induce a creer que existe un cierto punto del espíritu desde donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser contenidos contradictoriamente". Todo eso nos lleva inevitablemente a "El libro de los condenados", un aleph libresco salido de la paciencia del demiurgo Fort.

El sabio del Bronx reveló sus datos sin atenuantes ni eufemismos; no quiso dejar nada en el tintero; se obstinó en no desaprovechar un dato. Más que a la obra literaria, Fort aspiró a la enciclopedia. Sabía que sus antecesores no habían llegado tan lejos y sospechaba, con buen criterio, que sus herederos no avanzarían más". No es dificil imaginar que un hombre como Fort se sienta una especie de superhistoriador. Nadie se pasa la vida hurgando archivos y tomando notas; descansando sólo de vez en cuando; o se casa con una mujer por su absoluta falta de interés intelectual; sin considerarse una suerte de ser irremplazable, un sacerdote sin acólitos. "Al principio - dijo en una oportunidad - algunos de mis datos eran tan espantosos o tan ridículos que al ser leidos sólo merecían repulsa o desprecio. Ahora la cosa va mejor: queda un poco de lugar para la piedad".

Aunque de alguna manera fue un imaginero de lo fantástico, la gran preocupación de Fort estuvo centrada en el dominio de las grandes generalidades. No le interesaban los hechos aislados sino las relaciones que pudiera haber entre ellos. Pero el destino puede ser caprichoso: "El libro de los condenados" quedó suspendido débilmente en los arrabales de la literatura y su autor excluido para siempre del ámbito de la ciencia. Los otros libros del autor del Bronx ("Tierras nuevas", 1923;"Lol", 1931 ;"Talentos insólitos", 1932) no pasan en la actualidad de ser una mera curiosidad. La Sociedad Charles Fort, fundada luego de la muerte del sabio acaecida el 3 de mayo de 1932, se disolvió en 1959 apartada de los principios forteanos. La revista "Duda", órgano de la entidad, corrió la misma suerte. Desde la década del 50, miles de volúmenes vienen abordando hechos malditos que van desde los promocionados Ovnis hasta los megalitos de Córcega. Todos ellos tienen una deuda incobrable con "El libro de los condenados".

En la actualidad -mal que le pese a sus adeptos - la vida y la obra de Fort parecen una ficha más de su vasto archivo, otro hecho maldito del que nadie se hace cargo. Como sus lluvias de sangre, sus gigantes, sus gnomos o sus platillos voladores, Charles Fort también es un condenado que espera su reivindicación en este ingrato mundo de exclusiones, a veces más terrible que ese abracadabrante supermar de los Sargazos que él se atrevió a postular hace años desde un barrio marginal de Nueva York.

(Publicado en "El espectador de la cultura")

sábado 3 de noviembre de 2007

Los retoños literarios de Salem

Por Humberto Acciarressi

Las enciclopedias populares -tan rigurosas como módicas- consignan cuatro ciudades de nombres Salem: tres en los Estados Unidos y una en la India. De las americanas, una se encuentra en Oregon, cerca del Pacífico; otra en las adyacencias de Saint Louis; y la tercera, que es la que nos interesa y muchos atlas ignoran, en la bahía atlántica de Massachusetts. En verdad, este nombre designa menos una geografía que un momento histórico que nos remonta a 1692 y a los procesos por brujería recreados en 1953 por Arthur Miller en su obra "Las brujas de Salem", deferencia al imaginario colectivo, ya que los juicios excedieron las fronteras de la antigua villa salemita -de la que hoy quedan vestigios en Danvers-, abarcando casi todo Massachusetts.

No es ocioso apuntar que Salem es famosa a pesar de Salem, ya que la persecución duró unos pocos meses; los ejecutados no superaron la veintena; y en lugar de las dantescas piras europeas se apeló al método menos espectacular de la soga al cuello. En síntesis, fue uno de los hechos más modestos en la vasta historia de la caza de brujas. Y allí radica su importancia: el arte suele ser seducido por las historias particulares y no por cifras que invitan a la infinitud. Proctor y Abigail, personajes de Miller, son tan reales como lo indican las actas del juicio. Sus tragedias habrían naufragado en legajos con miles de historias; y no es extraño que Aldous Huxley se haya inspirado para "Los demonios de Loudoun" en un drama real con un único condenado, Urband Grandier.

La barbarie de Salem se urdió con escasos ingredientes: adolescentes presuntamente "hechizadas"; decenas de personas que no se adecuaban al canon de los puritanos de Nueva Inglaterra; y un cuerpo judicial menos apegado a las leyes civiles que a libros como "El día del Juicio Final", de Wiggksworth, panfleto calvinista de gran circulación en la Massachusetts de entonces. También hubo muchas personas contrarias a la cacería, pero el miedo las mantuvo calladas. Los que se manifestaron contra las jóvenes acusadoras, pagaron con su vida o su libertad. Como dato no menor, hay que precisar que un par de años antes, en Boston, habían ahorcado a una lavandera irlandesa conocida como la bruja Glover, y en su ejecución estuvo presente Betty Parris, la chica que desencadenó la caza en Salem con su presunta posesión diabólica. Desde que el médico que revisó a las jóvenes dictaminó "aquí ha metido la mano el demonio", hasta que partió hacia el patíbulo la última carreta, ocurrieron dos dramas particulares que inseminaron el alma de la literatura norteamericana.

Hawthorne y las vergüenzas ajenas

En 1692, Philips English y su esposa Mary vivían en una suntuosa mansión y eran propietarios de catorce edificios, un muelle, veintiún barcos, y una gran impopularidad. No sólo eran extranjeros, sino que su apellido real era francés con reminiscencias papistas: L’Anglais. Primero fue detenida la esposa por sus comercios con el diablo; unos meses después el marido, identificado con un espectro que realizaba visitas nocturnas y decía ser Dios. Aunque los English fueron ayudados a escapar, Mary murió a causa de los tormentos sufridos en prisión y el viudo quedó en la miseria.

Cuando concluyó la caza de brujas por la presión política que tornaba insostenible ese largo suplicio colectivo, Philips inició un infructuoso peregrinar por las cortes con la esperanza de recobrar sus riquezas. Incluso en 1697,a la muerte del alguacil Corwin, embargó su cadáver el tiempo suficiente para complicar los funerales y ganarse cierta antipatía. Sin embargo, el personaje más odiado por el brujo fue el magistrado John Hathorne, inquisidor implacable que tenía a su cargo los interrogatorios. Poco después de la muerte de English, una de sus hijas no tuvo mejor idea que casarse con el hijo del juez. Así se formó una dinastía que agregó una "w" al apellido y produjo uno de los vástagos más notables de Salem: Nathaniel Hawthorne, nacido el 4 de julio de 1804.

En la obra de Hawthorne, situada en el universo de la literatura gótica de la que es uno de sus precursores, existen múltiples referencias a los procesos de brujería. Del inquisidor Hathorne dice en la introducción de su novela "La letra escarlata": "...me avergüenzo por sus actos...tan activamente participó en el martirio de las brujas, que bien puede decirse que la sangre de éstas le dejó una mancha indeleble". Sin embargo, no hay mención explícita de sus ancestros procesados. Sí una simpatía, a veces culposa, con el conjunto de los perseguidos. En su cuento “El ruego de Alice Doane” critica a sus contemporáneos que juegan a las brujerías en la colina del patíbulo, "pero jamás sueñan con rendir honores fúnebres a quienes murieron tan injustamente y fueron sepultados allí sin ataúd ni oración". Y refiriéndose al mismo lugar, que el escritor solía caminar por las noches, dice: "...el polvo de los mártires estaba debajo de nuestros pies".

El descendiente del inquisidor y los brujos también se refiere a la tragedia salemita en otras obras. En "La silla del abuelo" la llama "el acontecimiento más triste y humillante de nuestra historia"; y en "El caballero del espejo", donde Hawthorne asume que su razón y su arte habitan un mundo de espejos a partir de un narrador que percibe por doquier una imagen desdoblada de sí mismo, dice que durante la caza de brujas "una idea semejante hubiera costado muy cara". El tema campea en toda su literatura, en ocasiones más veladamente, como en "La hija de Rappaccini" (un jardín familiar donde se cultivan plantas mágicas), o "Feathertop, una leyenda moralizada" (que nos cuenta la historia de un espantapájaros que cobra vida al fumar la pipa de una bruja).

Sin embargo, la clave de su familia parece encontrarse en "La letra escarlata", donde la heroína Hester Prynne es obligada a llevar la marca de las pecadoras, una letra “A” de adúltera bordada sobre paño escarlata prendido a la pechera de sus vestidos, sin querer -o poder- confesar que el padre de su criatura es un reverendo respetado por la sociedad que la condena. Por último, uno de los cuentos de Hawthorne - "El holocausto del mundo"- preanuncia con su quema masiva de libros uno de los clásicos de la ficción anticipatoria del siglo XX: "Fahrenheit 451" de Ray Bradbury, otro de los retoños de la tragedia de Salem.

Bradbury al rescate de lo poético

Mary Bradbury era, en 1692, una de las mujeres más queridas de Salisbury. Cuando fue detenida, noventa y tres vecinos -entre ellos un reverendo- firmaron una petición por esta madre de once hijos. Durante el juicio, poco importó que su marido Thomas la calificara como una mujer "de espíritu optimista, liberal y caritativo". Pesaron más las acusaciones de las jóvenes; la "confirmación" que solía convertirse en cerdo y ejercía hechizos para poner rancia la mantequilla; o que ejecutaba maleficios contra los barcos en alta mar. Tampoco faltó quien la viera, con el gorro blanco y el corbatín con los que concurría a misa, trepada en lo alto del mástil de una embarcación azotada por una tormenta. Demasiado como para no ser condenada a la pena capital. Sin embargo, rescatada de la carreta fatídica y escondida por vecinos contrarios a las matanzas, no llegó al patíbulo. Su descendiente Ray Bradbury reconoció, casi tres siglos más tarde: "Gracias a que ella se salvó...yo estoy aquí".

Aunque el escritor nunca se ha explayado en los pormenores biográficos de su estirpe, sí ha dejado múltiples referencias en su obra, siempre poéticamente amiga de la brujería y sus cuestiones, y por cierto exenta de las culpas que atormentaban a Hawthorne. En honor a la síntesis baste mencionar algunos capítulos de su novela "El vino del estío", varios de sus cuentos, y -naturalmente- su libro "El árbol de las brujas", donde un personaje afirma que en el pasado de Massachusetts, los que poseían los atributos del ingenio, la inteligencia y el conocimiento, corrían el riesgo de ser considerados hechiceros.

En el siglo XX,la Bahía de Massachusetts volvió a ser escenario de otra "caza de brujas", esta vez contra anarquistas e italianos. Las víctimas fueron Nicolás Sacco y Bartolomé Vanzetti, quienes entre 1920 y 1927 padecieron un infame proceso judicial. Hasta su ejecución en la silla eléctrica, los reos fueron alojados en la prisión de Dedham, muy cerca de donde dos siglos y medio antes habían marchado hacia el patíbulo los condenados de la Villa de Salem. No huelga recordar una frase perdida entre los escritos de Vanzetti referidos al juez de la causa: "El dios del verdugo Thayer no puede estar hecho sino a su imagen y semejanza: un dios verdugo y liberticida".

Intermezzo sarmientino

Existe un dato que no es ocioso añadir a estas curiosas simetrías. En los primeros días de octubre de 1847, Domingo Faustino Sarmiento -de viaje por Estados Unidos- visitó a Horace Mann en su casa de Massachusetts para interiorizarse de los procesos educativos que lo obsesionaban. Allí conoció a Mary Peabody, esposa del pedagogo que ofició de intérprete, y a las hermanas de ésta, Isabel y Sofía. Casi veinte años más tarde, de vuelta en Estados Unidos como ministro plenipotenciario de Mitre, Sarmiento retornó a los pagos bostonianos, donde contempló la estatua en memoria de su amigo Mann y disfrutó la calidez de su viuda. En poco tiempo, Mary lo vinculó a los intelectuales de Boston -Emerson y Longfellow, entre ellos-; tradujo su "Facundo"; se convirtió en su consejera y guía; incentivó su pasión por la educación; y preparó el selecto grupo de señoritas que viajaron a la Argentina y la historia recuerda como "las maestras norteamericanas" de Sarmiento.

Las andanzas de estas jóvenes en nuestro país no han sido todavía bien difundidas. Baste anotar que llegaron en varias tandas, se desperdigaron por las provincias, y no siempre fueron bien recibidas. Una de ellas, Jennie Howard -que dejó un libro de memorias, "En otros años y otros climas"- nos informa que recién abierta la escuela de Córdoba de la Cruz de Sur, apareció un cartel con la leyenda "Esta es la Casa del Diablo y la Puerta del Infierno". La bostoniana anota irónicamente que los habitantes parecían creer que "...algunas fuerzas de las Tinieblas bajo la apariencia de una Escuela Normal, habían alzado allí su morada en lugar de los santos de antaño".

Dos datos para sintetizar estos sucesos que vinculan los orígenes de la educación argentina al inquietante estado de Massachusetts. Mary Peabody de Mann, cuya correspondencia con Sarmiento roza la friolera de ciento cincuenta cartas, era hermana de Sofía Peabody, esposa de...Nathaniel Hawthorne. Y el sanjuanino parece haber cumplido bien su misión, dado que en su memoria, la de Mann y las 65 maestras bostonianas, el 11 de septiembre se conmemora el Día del Maestro en el estado de Massachusetts.

Boston, Poe, y las raras coincidencias

Lo que ocurre en Boston, en cuya cárcel muchos procesados por brujería esperaron la sentencia, es curioso: a 22 km al NE (20´en auto) se encuentra Salem; a 14 km al SO (unos 10´por carretera) se levanta Dedham. Durante los procesos, el diablo fue identificado varias veces como un enigmático "hombre alto de Boston". Y fue en Boston que en enero de 1809 nació Edgar Allan Poe, uno de los primeros en reconocer "el genio indispensable" de Hawthorne. Pero más allá de esta crítica visionaria existe un dato incomprensiblemente ignorado por los biógrafos del autor de "El cuervo". La información la proporciona John Ingram en su hoy inhallable "Edgar Allan Poe, su vida, carta y opiniones", traducido por el argentino Edelmiro Mayer en 1887, que ahora tenemos frente nuestro.

Ingram reproduce una revelación de Helen Whitman, a quien pretendió sin éxito el poeta poco antes de su muerte en Baltimore. La señora apunta que el linaje de Poe se remonta a una familia normanda, los Le Poer, afincada en Irlanda durante el reinado de Enriqueta II. Uno de los antepasados del poeta fue Arnoldo Le Poer, senescal del castillo Kilkenny, "caballero e instruido en las letras", que se jugó la libertad y la vida para salvar de las garras del clero a Lady Alice Kytler, acusada y llevada a juicio por brujería. ¿Casualidades o un laberíntico entretejido de relaciones para el que aún no se dispone de un hilo de Ariadna?. En cierta oportunidad, Flaubert opinó que "el frenesí de llegar a una conclusión es la más funesta y estéril de las manías". Es menos vanidad que sensatez compartir momentáneamente ese juicio.

(Publicado en el "Cuaderno de Némesis" titulado "El caldero de las brujas")

sábado 11 de agosto de 2007

Nobleza obliga

ESTE BLOG SE ENCUENTRA EN ETAPA DE CONSTRUCCION Y DE NINGUNA MANERA REEMPLAZARA A "A TRAVES DEL UNIBERTO", SINO QUE SUBIRA ARTICULOS SOBRE LIBROS Y ESCRITORES PRESCINDIENDO DE OTRAS ENTRADAS.

HUMBERTO ACCIARRESSI.

El mundo de los libros asesinos

Por Humberto Acciarressi

El serialismo criminal es vasto e inabarcable. Una de sus variantes, la de los asesinos, es acaso la cara más conocida, aunque no por eso menos inquietante. Hay quienes matan con un puñal, pero hay quienes lo hacen con una palabra, como dice Oscar Wilde al comienzo de “La balada de la cárcel de Reading”. Y en el caso de los libros que recordaremos a vuelo de pájaro, hay algunos que han provocado más muertes que ciertos asesinos célebres. No huelga aclarar, sin embargo, que muchas de estas obras aún no han acreditado su existencia real. De otras, además, se sabe que nunca consiguieron el privilegio de la imprenta y pertenecen al campo –atrayente, es cierto- de la leyenda. Y a pesar de esto, hay gente que murió y mató por ellos. Más que su contenido, casi siempre esquivo y errático de acuerdo a quien sea el comentarista, lo interesante son las historias que los contienen a ellos.

El papiro más antiguo del mundo

De acuerdo a lo que narra la leyenda, el Libro de Toth contenía el secreto de un poder ilimitado. En realidad se trataba de un papiro, el más antiguo de todos, que permitía a su poseedor mirar cara a cara el sol, entender el idioma de los animales y resucitar a los muertos. Lo que no es poco, si tenemos en cuenta que condujo a la muerte a decenas de magos que en todas las épocas alardearon de poseerlo. La destrucción de la biblioteca de Alejandría se llevó libros preciados y preciosos. Entre ellos, algunas de las obras que nos ocupan y de las que sólo hay referencias posteriores. Una de ellas es la Historia del Mundo, del sacerdote babilónico Beroso, quien –dice la tradición- narraba en sus páginas los primeros contactos con los extraterrestres y las enseñanzas de los seres galácticos. Quienes dijeron poseerlo tampoco terminaron sus días de muerte natural.

Otro de los libros malditos es Las estancias de Dzyan, del que –entre otras cosas- se ignora quien fue el primero en mencionarlo. Apareció de golpe, sin aviso previo. Se sabe, eso sí, que lo bautizó Louis Jacolliot en el siglo XIX, aunque este dato carece de importancia si se considera que la obra habría sido escrita por venusinos. Una de las que padeció el karma maldito de este libro fue nada menos que Madame Blavatsky, quien –según ella misma contaba- lo había recibido de un mago copto con quien compartió algunas experiencias místicas y bastante cama en El Cairo. De acuerdo a las narraciones, el seductor nigromante había realizado copias del original, salvado oportunamente en Alejandría y por ese entonces en un monasterio del Tibet.

Sin embargo, Blavatsky no se habría contentado con echarle una ojeada al libro, sino que se lo robó para su biblioteca personal. Hecho que, si lo que ella misma contó fuese cierto, el mago fanfarrón se merecía. Lo real es que a partir de ese momento, la vida de la mujer se convirtió en un castigo: sufrió amenazas y hasta un atentado a balazos contra su vida. Como si fuera una película, cuando Blavatsky iba a revelar su contenido en una conferencia de prensa, la obra le fue robada de una caja fuerte. Su existencia, a esa altura, pasó del calvario a la bancarrota total, y asi siguió hasta su muerte. Concretamente, lo más probable es que el libro no exista. Pero en todo caso es un buen tema para Hollywood.

El abad Tritemo y el extraño John Dee

El abad Tritemo, un extraño personaje sobre cuya existencia ya no quedan dudas, dijo haber recibido en sueños a un ser angélico, que le transmitió el texto de un libro llamado Esteganografía, que casi nadie vio nunca. Sin embargo, hay un dato que parece confirmar que algo existió, ya que el Santo Oficio, con fecha 7 de septiembre de 1609, prohibió la obra, aunque en esa época muchas cosas se censuraban de oídas y por si las moscas. No fueron pocos los que fueron a parar a las piras de la Inquisición por el sólo hecho de alardear de la posesión de esta obra que, según se decía, revelaba las claves de una escritura secreta y permitía manejar a las personas a distancia, con el mero poder de la mente.

Alguien que parece haber visto la Esteganografía es uno de los sujetos más atrayentes de todos los tiempos: John Dee (1527-1608). Entre otras cuestiones, este distinguido matemático fue quien concibió la idea del meridiano único, el de Greenwich. Además fue un experto en literaturas clásicas, fabricó autómatas que se paseaban por los salones reales ingleses, fue el primero en ser seducido por la idea del viaje en el tiempo, y contribuyó enormemente con sus conocimientos a la armada británica. Sin embargo, en cierto momento, cayó en desgracia acusado de “conspiración mágica” contra María Tudor.

Dee, un personaje sobre quien todavía no se ha escrito lo suficiente, experimentó una noche de 1581 el episodio más extraordinario de su vida: se le apareció un ángel y le entregó un espejo negro –que en la actualidad se conserva en el Museo Británico-, mediante el cual podía comunicarse con seres de otros mundos. El científico tomó notas de sus charlas y las volcó en varios manuscritos en los que describe el lenguaje “enoquiano” de los extraños. Luego, al darse cuenta que necesitaba ayudantes para proseguir con sus investigaciones, no tuvo mejor idea que contratar a dos vivillos que lo esquilmaron hasta dejarlo en la miseria. Desesperado, acudió a la reina Isabel, a quien le confesó que era alquimista. La monarca, nada lerda en contestaciones, cortó por lo sano: le dijo que si podía transmutar cualquier metal en oro, se hiciera lo necesario para poder terminar sus días dignamente. Hay un dato que no merece ser descartado: algunos críticos consideran que Dee, contemporáneo de Shakespeare, fue quien inspiró a Próspero, el personaje de “La tempestad”.

El libro que nunca existió

Otro de los libros que condujeron a la miseria o a la muerte a quienes se declararon sus poseedores fue el llamado Manuscrito Voynich, presuntamente escrito en una lengua artificial por Roger Bacon, quien decía poseer los documentos originales del rey Salomón con las claves de los grandes misterios del universo. Este singular personaje, cuyos conocimientos llegaron a ser prácticamente ilimitados y hoy es reconocido como uno de los pioneros de la ciencia experimental, anotó hacia 1250: “El que escribe sobre cosas secretas de manera que no se oculten al vulgo es un loco”. Lo cierto es que el libro, redactado en clave secreta por Bacon, fue a parar a manos de nuestro ya conocido John Dee, que además era un fanático de las obras extrañas.

Dejando de lado otras cuestiones apasionantes en torno a Bacon y Dee, lo cierto es que el tiempo llevó el manuscrito a una librería de Nueva York, donde hasta no hace mucho estaba en venta por unos cuantos miles de dólares. Tal vez sea el único caso en que uno de esos libros de los que todos hablan y nadie vio, puede estudiarse detenidamente. Por lo pronto, se sabe que está escrito en clave sencilla, pero hasta el momento indescifrable. Los análisis continúan, pero parece que cuando Bacon hablaba de no dirigirse al vulgo, lo decía en serio.

El catálogo no se agota tan fácilmente. Hay decenas de obras que acarrearon miseria, destierros, persecuciones y muerte a quienes dijeron poseerlas. Muchos de esos libros, sabemos hoy, nunca existieron. De otros, peor aún, podemos decir que eran meros apuntes de los saberes científicos de un determinado siglo y no revelaban ningún arcano. Las circunstancias que rodearon algunas obras, sin embargo, aún deberían ser estudiadas más detenidamente, a la luz de los hallazgos recientes. Hay algo que, más allá de toda consideración al respecto, no es ocioso precisar: decenas de títulos con rango de best-sellers que pueblan las librerías de todo el mundo, no son sino la superchería fabricada por los ghost-writers de algunas editoriales.

Un último desconsuelo para quienes creen haber leído obras fabulosas o suponen que podrán arrancarle algún secreto a libros llegados desde la noche de los tiempos. En ciertas librerías de Buenos Aires, en ediciones que van de las rústicas hasta las lujosamente encuadernadas, se venden ejemplares del Necronomicón. Pues bien, este libro nunca existió. Se trata de un invento de H.P.Lovecraft, quien en una carta en la que no falta el rasgo irónico, le contó la humorada a Jacques Bergier, especialista en las cuestiones que abordamos en estas anotaciones. Pero vaya uno a convencer a quien ya está convencido de lo contrario. Después de todo, como venimos señalando, ciertos libros siguen dejando un tendal de muertos.

( Publicado en el “Cuaderno de Némesis” titulado “Monstruos, aparecidos y otras rarezas”. Reproducido en A traves del Uniberto)

viernes 10 de agosto de 2007

William Burroughs, a una década

Por Humberto Acciarressi

Cada mañana, al levantarse en su casa de Kansas, el anciano William se tomaba una dosis de metadona y, si no estaba de humor, volvía a la cama. Con un revolver siempre a mano, a veces una escopeta, a la noche se iba a dormir temprano luego de haber bebido un poco de alcohol con amigos. Dos cosas hizo W.S. Burroughs hasta el día de su muerte, el 2 de agosto de 1997: la primera, meterse en el organismo cuanta droga se la haya cruzado en el camino. La otra, no parar de escribir. Los últimos días lo encontraron a pura metadona y pura escritura, aunque esta última haya sido en un diario en el que anotaba desde pensamientos profundos hasta trivialidades. Algo así como un blog, pero de papel.

Por su adicción a la heroína que le duró por más de veinte años, novelas como "El almuerzo desnudo" – una verdadera obra maestra, escrita en Tánger en una época de vuelos rasantes –, la cercanía con autores de la generación beat como Kerouac, Leary, Bukowski y otros similares, se pierde de vista que Burroughs siempre fue un poco más allá de la psicodelia y los delirios coloridos del LSD. "La máquina blanda", "El billete que explotó" y "Nova Express" – con las que completó la tetralogía – están cargadas de imágenes fantasmagóricas a pesar de la droga y no a causa de ella.De hecho, él era de los que creían que un adicto es un esclavo del sistema que lo sojuzga.

"Nunca pasa nada en el mundo de la droga", solía indignarse cuando los periodistas querían sacarle un panegírico de la misma. Que la experimentación, el surrealismo y la sátira constituyen algunos de los elementos más destacados de sus novelas, eso sí que es más importante que lo anterior. Es decir, igual que varios de sus contemporáneos, el abuelo William terminó siendo un viejito querido por sus adicciones menos que por su literatura.

Para WB, el lenguaje es la primer traba de la que tiene que despojarse un ser humano. O dicho de otra forma, romper con él hasta constituir una verdadera revolución. El dilema es que "la cárcel perfecta es aquella en la que no sabes que estás dentro de una cárcel". El mismo llegó muy lentamente a despojarse del "virus", y recién en sus últimas obras. Y por lo menos llegó.